Anexo D&D VIII: Annawën

Era una noche fría. En el borde del muro la hoguera del campamento casi no parecía dar calor. Annawën separó un puñado de hollín con sus botas élficas de sigilo y se ajustó las correas de su armadura que era de cuero verde y negro, excelente para los bosques pero no tan buena para desaparecer en las ciudades. Recogió en un moño su larga cabellera rubia, pues no quería que se le enredase y cubrió su cabeza con una capucha negra. Con un par de patadas cubrió el fuego y con los restos de las cenizas tiznó su rostro pálido. Por último, se sacudió las manos y se colocó unos mitones reforzados. De ella solo se podían identificar sus ojos verdes y su forma atlética.

Trepó a un alto nogal y observó la torre en la lejanía. Mientras estaba allí mirando la extraña torre que los lugareños afirmaban que había brotado de la tierra, palpó su cinturón de múltiples bolsillos y sacó un trozo de raíz de regaliz, el cual se metió en la boca y empezó a mascar. Comprobó su ballesta de fabricación drow y ajustó su cinturón con un par de dagas y otro par más a la altura del pecho. Ya completamente preparada, se introdujo en lo profundo del bosque rumbo a la extraña torre.

Tras una hora de camino, oculta entre los arbustos observaba la extraña construcción. La tierra parecía removida a su alrededor como si hubiera brotado del terreno, la estructura que se erguía sobre el bosque estaba construida con unas enormes escamas de adantamita negra del tamaño de un hombre, contrapeadas hasta la cúspide, donde se habría formado una cima en la que flotaba un extraño artefacto de forma icosaédrica que emitía una luz negra.

– Me juego las bragas a que por arriba no se puede entrar- murmuró Annawën para sí misma. A continuación soltó un enorme escupitajo lleno de raíz masticada y se introdujo otro trozo en la boca.

Sigilosamente, bordeó la torre hasta ver la entrada principal y furtivamente miró al par de guardias orcos con cotas de maya y unos tabardos con un enorme puño negro allí apostados. Sus armas parecían de calidad, cosa rara para esas bestias.
-Una torre que brota de la tierra, orcos uniformados en el norte… sin duda hay algo muy sospechoso aquí y seguramente valioso.
Sacó su ballesta y cargó un dardo hueco. Seguidamente, de su bolsillo trasero sacó una pequeña ampolla con un fluido negro dentro que colocó en el virote y apuntó. Su dedo se acezó al gatillo despacio y con igual tranquilidad lo alejó.
-Demasiado caro el tiro para un par de orcos – con el meñique procedió a sacar unas fibras de entre sus muelas y de un ágil movimiento las arrojó contra el árbol más próximo. – mejor acabo de dar la vuelta a la torre y me lo pienso. Y debería dejar de hablar sola en medio del bosque-.

Como una sombra, avanzó un tramo más hasta que sus ojos se posaron en una zona del terreno extrañamente húmeda. De un brinco salió de las sombras y se acerco al lugar.
-¡Por los pezones fríos de Tymora! ¡qué peste suelta esto! – mientras rebuscaba en sus múltiples bolsillos, no dejaba de masticar y de preguntarse – ¿dónde coño habré puesto el trasto ese? Aquí esta – dijo sacando una navaja goblin y desplegando una pequeña pala de ésta. Comenzó a retirar paladas de hediondo fango hasta dar con un rastrillo semienterrado de donde brotaba un fuerte hedor y liquido iriscente con extraños tropezones.

-Uff… llenarse de mierda o liarse a palos, que dura es esta vida. A ver – pensaba mientras palpaba los barrotes pegajosos y semi enterrados.
De su pecho sacó una varita con dibujos en espiral, la cual apuntaba a los barrotes y susurró un encantamiento. A continuación de la navaja sacó un cordón que ató a uno de los hierros y la estiró hasta una gruesa rama desde donde Annawën saltó. El fuerte tirón hizo saltar por los aires el eje sin producir un solo ruido.

Con asco, la elfa procedió a mirar en el interior de ancho tubo por el que corría el turbio riachuelo, suspiró y se metió dentro. Sin demasiado esfuerzo comenzó a trepar por el tubo que hacía una leve espiral. A los pocos minutos, unas voces estridentes y una descarga de agua sucia llena de mondas de patatas la golpearon en la cara, empapándola de pies a la cabeza. Con una blasfemia retiró los tozos de tubérculo de su persona mientras el tizne de su cara goteaba.
-¡Mierda!,¡ piensa qué podía ser!- farfulló mientras avanzaba a un tramo donde penetraba una luz y olor a pan recién hecho. Escupió otra bola de fibras semi masticadas y sacó un pequeño espejo amarrado a un palo, el cual asomó por el agujero, permitiéndole observar una nutrida cocina con una pareja de goblins discutiendo.

Sus palabras parecieron ser proféticas y metros más adelante se encontró con el resto de una gran deposición verduzca y sobredimensionada. Aguantando la respiración esquivó la gargantuesca boñiga y volvió a desplegar el espejo, mostrando ante ella un pulcro lavabo de mármol blanco con una bañera y una fuente de una joven y bella elfa vertiendo agua en el. Con una ojeada más atenta, observó la estructura del retrete y con ayuda de sus piernas y hombros empujó la estructura, sacando de su sitio la tapa de la letrina y entrando en la habitación. La tentación de entrar en la bañera era fuerte y su olor también, pero no resultaría inteligente bañarse en una torre posiblemente mágica que aparece en el norte llena de orcos y goblins.
Había de salir pronto de allí, pues una elfa de negro y verde llena de mierda cantaría bastante en medio de un baño blanco y, seguramente, no pudiera hacerse pasar por fuente.

Cual sombra maloliente armada con su espejo, abrió la puerta del baño observando el interior de la torre en el cual se podían divisar antorchas y una serie de puertas pequeñas a la izquierda además de otra grande a su derecha. Un ruido de puerta llamó su atención y, con un rápido movimiento, cerró la puerta del baño. Los pasos se acercaban, Annawën se arrojó al suelo y miró por debajo de la puerta. Pudo ver como se acercaban unos pies verdes con unas chanclas mientras una voz aguda gritaba.
–¡Me voy a bañar! ¡Como volváis a entrar os capo, panda de sátiros!
– Joder Esmeralda, yo no tengo la culpa que sea la única mujer, y encima goblin, de toda la puta torre.
– ¡Pues te follas al Kobold!
– Es Macho y corre demasiado
-¡Excusas!- dijo la goblin mientras entraba al baño con una toalla, momento en el cual Annawën la golpeó con la empuñadura de una de sus dagas, noqueándola. La goblin cayó pero la elfa la sujetó antes que golpeara el suelo. A continuación, arrastró el cuerpo y lo tiró a la letrina, haciendo un sonoro ¡chof! sobre el montón te excrementos. Annawen comprobó que la goblin no iba a ahogarse entre la mierda, arrojó la toalla y aprovechó para colocar la tapa.

La elfa rió por lo bajini – Mierda pá ti .Vale antes de seguir…- se dijo mientras iba al lavabo y se limpiaba las manos y la cara para quitarse los restos que le quedaban. A continuación volvió hacia la puerta y desplegó su pequeño espejo. Tras otra rápida observación decidió tomar la escalera que subía de las dos que había en el descansillo. Suavemente se deslizó hasta arriba, comprobando cada pocos metros los escalones y las paredes hasta llegar a una puerta sin cerradura. Tanteó con cuidado un marco y los relieves que allí aparecían, sin encontrar nada raro, tan sólo una inscripción “¿Si un hombre es tan sanguinario como una bestia como lo distingues de esta?”
-¡Un puto acertijo! ¡esta mierda es de magos fijo!… a ver piensa… ya se ¡Las Armas!

Con un chasquido, la elfa desapareció de la puerta. Un fuerte impacto contra una superficie rocosa, oscuridad a su alrededor, dolor, mucho dolor. Se palpó el cuerpo y su armadura y sus cosas se habían esfumado. Humedad. A pesar de su capacidad para ver en la oscuridad no podía distinguir nada, pero sabía que estaba sangrando y, posiblemente, el impacto le hubiera roto alguna costilla. Trató de ponerse en pie, pero resbaló con su sangre y cayó de rodillas. La cabeza le daba vueltas debido a la conmoción y la inconsciencia se apoderó de ella.

Pasado un tiempo, Annawën abrió los ojos pero no podía respirar pues la boca se le empezaba a llenar de líquido. Todo se volvía verde y, aunque trataba de nadar, no lo conseguía. Estaba encerrada en un gigantesco cilindro cristalino, los pulmones le empezaron a arder y empezó a respirar ese líquido. El pánico se empezó a apoderar de ella, pataleaba, gritaba y, a medida que avanzaba el tiempo, entraba más líquido en su garganta.
Comenzó a llorar y, cuando creía que todo estaba perdido, se dio cuenta de que podía respirar aquel líquido verdoso. Se percató además de que su vista se había adaptado al medio y alrededor suyo pudo percibir unos tubos y una extraña figura con una cabellera blanca y vestida con una túnica negra. La misteriosa figura empezó a sonreír a través del cristal y a los oídos de Annawën comenzó a llegar una voz profunda y distorsionada que le dijo: – Espero te guste servir a los Darkspirit.

La figura accionó una palanca en la base del cilindro. Más dolor y oscuridad.

Acerca de GarRafa

Me dedico a contar mi vida lo que veo lo que me cabrea y ahora me ha dado por escribir historietas de fantasía y ciencia ficción. ¿Cordura? ¿Eso que es?
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