La Dragón y el Caballero: Acto I

Cuenta la leyenda…

Sucedió hace mucho tiempo, cuando todavía la tecnología no había invadido este mundo y la magia tenia efecto. Un tiempo donde los seres faéricos vivían en los bosques y los hombres más rudos temían a la noche. Una época, en definitiva, que se fue colmando de leyendas.

Nuestra historia nos lleva hasta un castillo viejo y abandonado. No era un castillo bonito, ni tampoco demasiado grande. En sus tiempos fue importante a la hora de defender la frontera de un reino en guerra ya caído en el olvido. Imaginad, todavía en sus muros pueden hallarse cicatrices de batallas pasadas y en su foso incontables vidas yaciendo en su fondo pantanoso, ese foso que en verano es un hervidero de ranas y mosquitos donde los lucios son los reyes.

El castillo se alzaba castillo encima de una montaña perdida en medio del bosque más magno y tupido que uno pueda imaginar ya que hoy en día ya no queda ninguno . Un bosque de robles grandes y antiguos donde las ardillas están gordas y lustrosas de comer bellotas. Allí donde los cochinos jabalíes hozan en los claros y los ciervos temen más a los lobos que a los humanos.

Por este bosque peregrinaba una joven dragón que pese a su tamaño serpenteaba grácilmente entre los grandes troncos, tumbando de vez en cuando alguno de un culazo. Aguantaba con estoicismo los insultos de las ardillas que no apoyaban que redujesen su pingües fuentes de alimento por avanzar.

La dragona caminaba con dificultad, pues tiraba de un carro cargado de tesoros que llevaba atado a su cola, lo cual dificultaba enormemente su avance ente los árboles. Desde luego no era el método más digno para un ejemplar de su especie, pero ir volando con un saco gigante de oro tampoco era buena idea.

Había llegado a esta extraña situación tras que su padre y su madre le dijeron con toda la majestuosidad se uno propia de unos dragones antiguos.

-hija mía, ¿no tienes edad ya para buscarte un cubil propio?

Así que cogió la parte proporcional del tesoro de su familia y se largó con viento fresco a tierras más tranquilas. Para quien no lo sepa todavía, a los dragones les encantan las riquezas, es cierto, pero realmente es debido a que representa el equivalente a una cama para los humanos. El oro y las joyas son el mejor colchón que existe para un dragón.

Así, llego la dragón al castillo. Primero se asustó pensando que estaba habitado pero, tras el pánico inicial y después de esconderse ridículamente tras un roble, se dio cuenta de que no la llovían flechas ni había voces de alarma. Así que se acercó con cautela y descubrió que no había antorchas y no olía a humanos. Meditó un momento y tras ello se acercó al puente levadizo. Tiro de él y tras romperse las cadenas lo abrió, arrancó el rastrillo con sus garras y derribó la puerta de madera.

Si tras toda esa jarana los humanos que allí hubiera no se habían dado cuenta de la presencia del dragón, entonces serían más tontos aún de lo habitual.

Tras meditar durante unos instantes decidió que ese sería su cubil ahora y se puso a cavar con garras y fuego mientras cantaba melodiosamente. Pues, para quien no lo sepa, los dragones funden la tierra para hacer sus cuevas. Si no. ¿cómo encontrarían una de su tamaño cuando crecieran demasiado?.

Y, de esta forma, se instaló la dragón en su nuevo hogar.

Esto nos lleva a la segunda parte de nuestra historia donde hay un joven caballero. De hecho es tan joven que acaban de armarle. Tenía un físico no demasiado recio y su sola visión hacía que las jovencitas (y las que no lo eran tanto) cuchichearan. Aún así, no tenía demasiada idea de la vida, todavía creía que el mundo estaba equivocado y que él tenía toda la razón. Cierto es, sin embargo, que no estaba enceguecido por sus ideales y empezaba a ver las cosas tal y como son.

Tras su ascenso, decidió que una buena temporada apartado en el bosque le ayudaría a aclarar sus ideas. Así que cogió sus pertrechos y sus armas y se fue al gran bosque situado en las lindes. De camino, paró en un pueblecito y compró lo que le faltaba en la taberna. Allí escuchó todas las leyendas que puedan existir sobre un bosque y alguna más.

Tras pasar la noche en la posada, partió de allí con una extraña sensación en el estómago hacia lo profundo de la floresta.

Durante días vagó adentrándose más y más en lo profundo, siguiendo antiguas veredas y encontrando grandes robles partidos. En algún momento incluso le parecía que las ardillas cuchicheaban entre ellas. Lo que poca gente sabe es que las ardillas son unas chismosas, peores incluso que algunas damas de la corte. Día tras día avanzaba hasta que se le acabaron las provisiones y tuvo que cazar conejos y comer bayas para poder sobrevivir. El caso es que, pese a que su barba creía y su despensa bajaba, él estaba contento con su expedición.

Y así, llegó al viejo castillo. Nada más verlo pensó: “por fin tengo para mí un techo bajo el que dormir sin que me caguen las ardillas encima, el viento hiele mis huesos y los osos me quieran meter en su dieta”.

El puente levadizo estaba bajado y de sus laterales colgaban las cadenas que lo elevaban, el rastrillo parecía arrancado y yacía semi-hundido en el foso donde croaban las ranas y, la vieja puerta de madera, era un amasijo de astillas podridas. En el interior, el panorama era de un intenso abandono hasta el punto de que grandes arbustos llenaban el patio. Pese a todo, los muros eran recios y las torres parecían intactas. Avanzó Fue por el borde del muro hasta llegar a una de las edificaciones, donde metió sus cosas y limpió aquel viejo hogar y comenzó a buscar leña antes de que cayese la noche.

Mientras estaba en estos menesteres, por el patio del castillo empezó a oír una dulce música que venía de la torre homenaje. Primero pensó que era producto de su imaginación de pasar demasiado tiempo solo entre jabalíes pero, según se fue acercando, la música y el canto eran más nítidos.

De pronto cayó, el suelo había desaparecido bajo sus pies y donde antes había plantas ahora sólo quedaba una cueva. Dolorido por la caída y con la leña desparramada por el suelo blasfemó para sí y, extrañado ante tal suceso, decidió avanzar. No era nada normal tal embrujo por lo que para prevenir, desenvainó su espada y juró que por su honor de caballero averiguaría qué pasaba en este castillo.

Acerca de GarRafa

Me dedico a contar mi vida lo que veo lo que me cabrea y ahora me ha dado por escribir historietas de fantasía y ciencia ficción. ¿Cordura? ¿Eso que es?
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4 respuestas a La Dragón y el Caballero: Acto I

  1. carasce dijo:

    Ala, qué molón. ¡Segunda parte ya! xD

  2. Lu dijo:

    ya sabes que me encanta este cuento y la forma en la que surgió.😉

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