En una taberna…

La lluvia cae sobre mi capucha copiosamente; son de esas gotas cabronas, las que parecen golpearte con ganas por el mero hecho de vivir, mientras ando por el camino embarrado hacia el único edificio en millas a la redonda. El bosque espeso de robles me rodea y me llega el fuerte olor a hojas descompuestas. Me duele todo, cosa bastante lógica si lo último que recuerdas es un garrotazo en la mollera. ¿Quién me mandaría fiarme de ese maldito humano? Todos son iguales, en cuanto te acercas un poco a “su damisela“…

– ¡¡¡Mis cojones!!!- grito mientras se oyen los truenos-. Yo llegué antes, pero claro, como siempre he sido una maldita curiosidad…, una nota al pie de la página… ¡Un amigo! -añado al vacío-. ¡Bah, quién las necesita…!

El agua cala mis botas y gotea por mi larga nariz, herencia de mi padre. Al levantar la cabeza, mis ojos amarillos enfocan al edificio de piedra y madera de una sola planta junto al paso de caminos.

– Ya queda menos- me digo.

Entrando de nuevo en mis pensamientos: – ¡Qué belleza era! Pálida, con el pelo moreno y largo y esas orejas de punta tan sensuales, con ese par de ojos verdes… Y no hay que negarlo, un buen busto. Je,je, eso no me lo quita nadie. Que se joda el puto engreído, se la podrá follar un millón de veces pero esa noche fue mía…

 

Mi dolorida mano se eleva y toca la puerta, sólida y reforzada con bandas metálicas. Golpeo con ahínco. ¡¡¡Pom, pom!!!

– Ha de la casa, ¿no hay techo para un viajero con este tiempo?

Una portezuela se abre y muestra unos ojillos oscuros en una cara redonda de ceño fruncido mientras una voz femenina y estridente me pregunta obviedades.

– ¿Qué quiere?

Pese a la brutal tentación de gritar “matarlos a todos, violar a sus mujeres, saquear sus bienes y quemar la posada hasta no quedar piedra sobre piedra “, susurro: -Un lugar caliente.

– ¿Traes dinero?

Suspiro y me echo mano al cinturón, donde guardaba un fondo de emergencia para estos casos, lo abro y muestro su contenido: un par de platas y algún cobre.

– ¿Puedo pasar? Ya me conformo con un hogar caliente y una sopa… y cerveza. Sobre todo cerveza.

 

Al entrar en la posada noto el olor a paja húmeda y a sopa de alguna berza. Pocas antorchas la alumbran (perfecto, así nadie se fijara en mí). La posadera, bastante entrada en carnes y con la cara llena de cicatrices de una mala pubertad, me guía a una mesa junto a la chimenea.

– ¿Qué vas a querer, híbrido?- me suelta sin tapujos.

– Algo de la olla y cerveza. No tendréis camas, ¿verdad?

– Tendré que preguntar a mi marido- añade mientras señala al tabernero peludo cual jabalí y gordaco como dos enanos cosidos entre ellos.

– Sí, sí, sin prisa…-comento mientras noto como el calor empieza a calentarme.

A mi alrededor, pocos viajeros en el salón y algún parroquiano que hace una parada antes de ir a su mísera choza. Lo normal, no son buenos tiempos para viajar.

 

Mi mente vuelve atrás a esa nota. “Reúnete conmigo”, ponía con su preciosa caligrafía. Allí estaba él, con su cota de mallas, su caso y sus colegas con sus palos.

– No te queremos aquí. Márchate, te dijimos. No quisiste. Ahora te marcharás.

– No molesto. Soy feliz, ¿qué mal hago aquí? No me mientas, es por ella, ¿verdad?

La primera la vi venir; las siguientes, no las recuerdo. Solo me quedó el dolor y la bolsa vacía.

 

La posadera pone un cuenco humeante, donde flotan verduras con algún hilillo de carne perdido, con una pinta. Al dar un trago lo noto aguada. En fin, peores he bebido… La sopa (por llamarla así) está caliente, y con eso me basta. El posadero gordaco se acerca y me comunica que puedo dormir allí en una cama por media plata, en una habitación simple o en la comunal por 50 cobres.

– La simple, no quiero más sustos hoy… Por cierto, ¿qué camino cruza estos lares?

– Este es el camino del bosque viejo, si va al sur llegará a la capital. Si lo sigue al este, a Pralame. Al norte, a Lago Ess.

Al oír “Lago Ess” me acuerdo de ella y del dolor. Vale, me deben haber arrastrado doce o catorce kilómetros, ya veré mañana. Creo que iré al sur, allí fijo que encuentro algo donde sacar pasta…

– ¡¡Eh, tabernero, más birra!!- grito despertando a algún parroquiano ensimismado.

 

En la sombra una figura se fija en mí, pero yo lo ignoro. Cubierto con una túnica negra golpea rítmicamente una copa metálica con sus largos dedos y sus uñas arregladas. Silencioso, hace un signo al tabernero que acude con una botella.

– ¿Va a quedarse aquí esta noche?- susurra.

– Sí, el maldito piel verde parece que se quedará.

– Perfecto.

 

El alcohol ha dormido mis sentidos y me da somnolencia. Con algo de dolor, separo la silla y voy a la habitación mientras medito pelármela o no. Ya dentro, coloco la cama contra la puerta y apago la lámpara de aceite. En la oscuridad, estiro la capa negra, me quito las botas y la ropa de lana verde para que acabe de secar. En pelotas me arrojo en la cama y caigo ya dormido.

De entre las sombras, emerge una figura de negro. Se para y comenta:

– Dioses, lo que tiene que ver una…

Acerca de GarRafa

Me dedico a contar mi vida lo que veo lo que me cabrea y ahora me ha dado por escribir historietas de fantasía y ciencia ficción. ¿Cordura? ¿Eso que es?
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4 respuestas a En una taberna…

  1. Potorro dijo:

    Noto rencor en tus palabras… ¿esto está basado en hechos reales o es continuación de Realidad 301?

  2. GarRafa dijo:

    no exactamente, pero he usado odio en las palabras. en teoria es algo mas “serio” que quiero escribir

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