Como se convirtio en un Zombie…

Siguiendo la mala costubre de COPIAR a Judas0 todos los relatos de las pardidas hoy el "nacimiento" de de su nuevo personaje…

Cómo me convertí en un zombi (I)

 Cuando abrió los ojos, un batallón de caballería se abalanzaba sobre él. ¿Qué? Corrían como el viento. No podía moverse, como si su cuerpo pesara más de lo normal. No tenía frío, ni calor. Tampoco tenía miedo. Al primer golpe cayó, y se sintió aliviado.

– ¿Por fin has despertado? – la voz chirriaba como una cerradura vieja. Soy Eko, clérigo de la sombra. Bienvenido.

No podía hablar. Tenía la boca seca, apenas podía gruñir como un animal. Era extraño. No le dolía nada.

– No hagas esfuerzos, tienes tiempo de sobra para recobrarte. En un par de días podrás hablar, pero no fuerces mucho la voz o se te romperán las cuerdas.

La habitación era oscura, pero veía con claridad cada detalle. Eko era un viejo encorvado, pálido como un muerto, apoyado en un bastón negro.

– Verás, hijo, es mejor empezar estas cosas por las malas noticias: estás muerto. No, no protestes, no malgastes tus fuerzas; ellos te han hecho esto y ya no hay nada que puedas hacer. Respiras por costumbre, pero puedes dejar de hacerlo cuando quieras, no te pasará nada. Algunos siguen respirando un par de años, lo dejan poco a poco, como una droga. Lo mismo pasa con el comer y el beber, aunque hay muchos que siguen comiendo por aquí… al fin y al cabo tenemos sentido del gusto, sí… lo mejor de todo es que puedes comer cualquier cosa. aunque cuesta acostumbrarse al regusto de lo podrido, hay venenos realmente apetitosos… y nunca vas a volver a tener resaca. Sólo trata de no empacharte, o te reventará el estómago sin que te des cuenta. Si vieras cuántas tripas he tenido que remendar… Y tú por lo menos estás bastante entero… ni una amputación, ni una cicatriz, ni una quemadura, créeme, has tenido mucha suerte, a algunos hay que reconstruirlos, prácticamente. ¿Puedes recordar… algo? ¿Sí? Bien… cuando puedas hablar, cuéntamelo. Te ayudaré a librarte de tus fantasmas, si quieres. En esta ciudad todos hemos pasado lo que tú estás pasando. Mi misión es que no te falte nada hasta que puedas valerte por ti mismo y aceptar lo que eres. Ahora duerme si quieres. No lo necesitas, pero te hará bien para ordenar tus ideas. Si te hace falta algo, cualquier cosa, toca esta campana.

Pero cuando lograba dormir, la misma imagen le acechaba una y otra vez: una mujer morena, delgada, de ojos claros. Llevaba un vestido negro, muy elegante ¿Cómo se llamaba? La veía sonreír, la veía alejarse, cada vez más. No la pierdas repetía una voz en su cabeza. ¿Cómo se llamaba? La seguía sin poder tocarla, hasta que se perdía en la negrura.

Entonces despertó, y recuperó su voz, ahora ronca y grave:

– ¿Annie?

Cómo me convertí en un zombi, Pt. II
   
– La luz te ha abandonado. Es más difícil para quienes creían en ella, algunos no lo soportan. Intentan suicidarse, como si eso fuera a funcionar. Los más desesperados se prenden fuego hasta reducirse a cenizas. Otros no recuerdan nada, y se toman esto como un nuevo nacimiento. En realidad acabas de nacer. Tendrás tus primeras palabras, tus primeros pasos. ¿Dijiste que recordabas algo, no es cierto? ¿Qué? ¿Una mujer? Ya… Esa imagen es lo único que ata a tu ser de ahora con el que fuiste. Cuesta romper ciertos lazos. Hacerlo es el primer paso hacia la libertad, o hacia la locura. Yo aún recuerdo a mi hijo, pero nunca he tenido el valor de salir a buscarle. ¿Para qué? Huiría de mí, o en el peor de los casos me mataría como si fuera un vulgar zombi. ¿Cómo? No, ¡no! no eres un zombi, ni yo tampoco. Puedes hablar, pensar, moverte. Santo cielo, hay hasta poetas entre nosotros, pintores, arquitectos, filósofos, alquimistas… ¿Has visto a algún zombi escribir novelas? Yo tampoco.

– Todo lo que llevabas encima cuando te encontraron está en aquella mesa. Muy elegante. Si quieres conservarlo, es tuyo. ¿Ese anillo? Ni idea. El símbolo que lleva grabado… no lo había visto nunca. No parece ninguna baratija, la verdad. Puedes investigarlo, si quieres, pero no dejes que pensar demasiado en lo que fuiste te impida comprender que nunca volverás a esa vida. ¿Cómo? Pues claro… muchos tratan de volver a vivir. Estudian magia, alquimia, runas, profecías, pactan con demonios, lo que sea. Nadie lo ha logrado. Otros buscan venganza. Es normal. ¿Yo? Cuando no estoy en el templo, trabajo en la sociedad alquímica. Hacemos pociones, investigamos hierbas, es bastante entretenido. Si te interesa, puedo conseguir que te admitan; no pareces un guerrero, así que podrías empezar por ahí. Si no te gusta, siempre puedes cambiar.

Eko se encargaba de dar la bienvenida a los recién llegados. Llegaban poco a poco, desorientados, y él les ayudaba a comprender en qué se habían convertido. Les enumeraba las infinitas posibilidades de su nueva existencia, y cuando se adaptaban les buscaba un hueco en la sociedad. A todos les hablaba del culto de la sombra, y algunos, conmovidos por el vetusto clérigo, se unían a él como aprendices.

– Sobre todo, recuerda que no eres eterno. Esto no durará para siempre. Olvidas tu vida anterior, pero poco a poco olvidarás también ésta. 100, 200, 1000 años, da igual, a todos nos pasa. Volvemos a la sombra de la que nacimos. A veces también recordamos cosas… vienen en ráfagas, y se pierden si no las atrapas a la primera. Puede que algún día recuerdes algo más… cómo te llamabas, dónde vivías… pero se te podría olvidar igual de rápido que lo recordaste.

Entonces decidió tomar nota de todo lo que ocurría a su alrededor, para no volver a olvidar nada jamás. Escribió cada palabra de su maestro como si escribiera un libro sagrado, y a menudo las leía como oraciones.

Cómo me convertí en un zombi, Pt. III
    
La sociedad alquímica era un buen modo de pasar el rato. Cuando no te hace falta comer ni dormir hay que buscar algo para llenar el tiempo. Se acostumbró a meditar largas horas, como hacía Eko, y a estudiar los efectos de todo tipo de plantas, materiales, pociones, brebajes y todo lo que caía en sus manos. También estudiaba todo lo que iba anotando en sus cuadernos, para no olvidar nada. Recordó que se llamaba Jacob, y lo anotó en la primera página de sus vivencias, con espacio en blanco para todos los demás datos que no recordaba.

Eko le apreciaba. “Hay un tipo especial de amistad entre los muertos” decía “porque todos tenemos algo en común; estamos todos unidos por algo más fuerte que los lazos de los vivos. La muerte une, la vida separa”. Jacob quería ser como él, y decidió seguir sus pasos. Se ordenó sacerdote de la sombra en una ceremonia humilde, apenas 4 clérigos y un par de testigos. Poco a poco se ganó la reputación de ser el alumno preferido de Eko, y otros no muertos le pedían consejo y ayuda.

A menudo aceptaba encargos de la sociedad alquímica, y partía en busca de ingredientes exóticos. El primer contacto con el mundo es duro. “Cuando ves de nuevo algo vivo… muchos no pueden evitar matarlo. No debemos quitar la vida indiscriminadamente, pero la envidia es demasiado fuerte a veces. Aunque yo creo que ellos también tienen cosas que envidiarnos a nosotros”.

El trato con los vivos es difícil. Cuando menos, tienen miedo del tipo pálido de olor extraño que les pregunta dónde pueden conseguir cilantro. Otros atacan abiertamente al que consideran su enemigo. Algunas zonas son más peligrosas que otras, claro. Nadie se aproxima a territorio de la Alianza sin un buen grupo de guardaespaldas.

Al volver de uno de sus viajes se enteró de que Eko había desaparecido (decir “muerto” tenía poco sentido). “Aunque lo hagan más despacio, nuestros cuerpos se pudren, como el de cualquier criatura… “. Como la tristeza no es patrimonio de los vivos, decidió aceptar el encargo de la sociedad alquímica que le llevara más lejos de allí; se apropió del laboratorio de alquimia de Eko (si no, lo habría hecho otro) y de todas las pociones que pudo cargar y cruzó el mar, de punta a punta.


Acerca de GarRafa

Me dedico a contar mi vida lo que veo lo que me cabrea y ahora me ha dado por escribir historietas de fantasía y ciencia ficción. ¿Cordura? ¿Eso que es?
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